Acá empieza a deshacerse el cielo. Lucila Grossman.

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“Los dioses nos envidiaban porque nosotros podíamos morir. Había que morir. Ni eso se pudo. Tal vez eso es lo que quise: darle envidia a los dioses. Dárselas yo. O decidir algo. Ese día decidí abrirle la puerta a Tacio. Qué me importaba. Antes que yo habían sido Helena, Lavinia, la mamá de Rómulo, Eva o cualquiera. Después que yo (no hubo después o después fue el tiempo todo entero), o en vez de mí, serían tantas. Quise apagar el fuego que había tenido que cuidar toda mi vida. El fuego sagrado de mis ancestros. Dejar de alimentarlo. Mis ancestros son asesinos. Mi papá siempre fue un asesino. Un violador. Esa fue su naturaleza. Para eso nació. Para desgarrar cuerpos, cortar miembros, para eso nació, para hacer morir a sus hermanos, como todos ellos: todos ellos son ciudadanos. Los dioses de carne vencidos por sus deseos transformaron en ley su sed de sangre. Miraban al cielo y pedían auxilio. Lo buscaban a Júpiter. Y dijeron que la culpa era mía, que yo había traicionado a Roma. ¿Quién es Roma? Roma es una prostituta. Todo está al revés. Después le pusieron mi nombre a un monte. Por ahí, para siempre, iban a tirar a todos los traidores. Es más, por ahí mismo me tiraron en ese momento que son casi todos los momentos, hace milenios: decenas de perros salvajes dejando caer por la montaña los restos de una cabra quebrada. Primero me hirieron. Me tiraron al suelo y me molieron a golpes con sus escudos de hierro. También me violaron. Por supuesto. Antes de decidir matarme, me violaron: es el gesto por reflejo que tienen para hacer durar la casta. La estirpe. Lo tendrán para siempre. Lo ví. Esa fue la última vez que sentí el cuerpo. No sé si todavía lo tengo.

Toda la vida, este cuerpo fue y será un campo de batalla.”

Peso 0.3 kg
Dimensiones 5 × 15 × 25 cm
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