Una perfecta coherencia con su personaje exigiría la soledad, o al menos al-guna clase de aislamiento; en todo caso, se podría decir, y seguramente se ha dicho, que a pesar de su intensa vida social preservaba un ámbito secreto, inviolable, etc. (Tratándose de ella, los estereotipos brotan naturalmente de la pluma de sus exégetas.) Pero lo cierto es que no hubo nadie menos solitario; su circulo cotidiano, de día y de noche, era el plenum literario de Buenos Aires, en una totalidad, sin excepciones. La socialización fue exhaustiva. Aun los que no figuran en las biografias o testimonios, estaban en su listín. El movimiento actuó en dos direcciones: primero fue la recién llegada tratando de entrar al circulo de la realidad donde estaban los autores de los libros que leía; después, eran ellos, vueltos reales, los que se encaminaban rumbo al circulo donde estaba la recién llegada, a medias real enmascarada en su personaje casi demasiado puntual para ser cierto. Como casi todos los escri-tores realmente buenos, fue siempre un centro, alrededor del cual se organi-zaba el resto. En el personaje con el que se identificó operaba una dialéctica intrigante: estaba construido por rasgos secretos y que valían por el secreto, pero el personaje, por ser un personaje, estaba hecho para los demás, era público por esencia. El precipitado de esta contradicción fue el confesiona-lismo de su poesía, que administrado con suprema habilidad sirvió para alimentar el deseo creciente de acceder al centro que ella era.
CÉSAR AIRA





