“La abuela Jacinta era pijotera. No te largaba una moneda en medio de esa austeridad típica de los italianos. No sabemos por qué, si por costumbre, por miedo al futuro o qué, pero guardaba todas las monedas en un tarro y de allí no salían. Siempre me tentó meter la mano y sacarle algunas monedas para comprarme un alfajor o algunas figuritas, pero robar era pecado y si lo hacía me iba a ir al infierno”
Los cuentos y relatos de Amarillo indagan sobre la pérdida del rumbo y el intento de hallar el hilo. Sobre el temor recurrente de los personajes a no ser recordados, a caer en las temibles garras de la locura y la vejez.
La prosa de Silvia Lissa es una siesta en Chajarí. Es el verano sofocante del norte entrerriano. Es la in-fancia y la nostalgia. Es una bruja, un constructor exiliado, hormigas y van Gogh.
Y el amarillo como un color siempre presente, que todo lo atrapa y recubre.




