Kim Dongin nació en Pyongyang en 1900, fundó la primera revista literaria moderna de Corea y pasó su vida defendiendo una idea incó-moda: que la literatura no tiene otra obligación que la de mirar.
En estos cuentos, escritos bajo la ocupación japonesa, esa mirada se posa sobre una campesina que sostiene sola una parcela mientras su marido dilapida en una noche el esfuerzo de un año. Sigue a una gisaeng que cruza el río Taedong en una noche de fuegos artificiales y a dos hermanos separados por los celos, que se despiden sabiendo que no volverán a verse. Espía a un hombre que, con un won en el bolsillo, duda entre un plato de udon y un burdel. Alcanza también a un prisio-nero al que los azotes le van a revelar algo peor que el dolor. Se detiene en una mujer a la que le basta una foto comprada en Shanghai por dos monedas para burlar a un vanidoso.
Esta es la primera traducción al castellano de la obra de Kim Dongin.





