En la mañana del 3 de noviembre de 1995, un hongo de magnitud colosal se dibujó en el cielo de Rio Tercero. A las 8.55 la tierra tembló, y, minutos después, comenzó a llover material pesado sobre esa ciudad de 45 mil habitantes ubicada a una hora de la capital cordobesa, en el corazón del territorio argentino. Ese primer estruendo marcó el inicio de una tragedia inclasificable que sometió a una población indefensa a la fuerza devastado-ra de una onda expansiva de magnitudes incalculables y a la caida de decenas de miles de proyectiles y esquirlas que convirtieron, en cuestión de minutos, a Rio Tercero en una ciudad en ruinas.
Es posible que, a treinta años de las explosiones de la Fábrica Militar, la mayoría de los argentinos todavía no pueda explicar cómo ocurrió algo asi. Tal vez muchos ni siquiera recuerden este hecho o retengan apenas algunas imágenes difusas. Pero en Rio Tercero, los vecinos saben perfectamente qué es lo que sucedió.
¿Qué tipo de sociedad puede olvidar un acto criminal de semejante magnitud? ¿Por qué la mayoría de los argentinos no son capaces de expre-sar a viva voz que lo ocurrido en Rio Tercero fue un crimen de Estado, es decir, un hecho intencional macabramente preparado por una camarilla de altos funcionarios del gobierno nacional que se dedicaba a comercializar armas de manera ilegal y un dia decidió volar una ciudad para ocultar las pruebas de ese ilicito sin importarle el daño que podia causarle a la pobla ción? ¿Por qué la desgracia de los riotercerenses no es considerada, al mismo tiempo, una desgracia nacional?




