Adentrarse en el cine de Gustavo Fontán es recorrer un territorio de reve-laciones suscitadas por presencias cotidianas. Un territorio de árboles, ríos, patios y rayos de sol que, sin incurrir en métodos deformantes, se nos pre-senta como nuevo cada vez. Fontán se comporta como un poeta en busca de la palabra y la cadencia justas. Sin embargo, como si siguiera aquella máxima de Robert Bresson sobre la poesía y los intersticios, no corre des-esperado. Mucho menos busca el perfeccionismo. La imagen justa a veces es fugaz, a veces rota. La epifanía se produce en el conjunto: un plano se encadena con el siguiente en la constitución de un universo intransferible.
De ese modo operan los ensayos de La luz sobre las cosas. A través de lectu-ras, pinturas, poemas y, por supuesto, películas, Gustavo Fontán acecha una visión esquiva. La clave es el tiempo. La sensibilidad es un ritmo. Y ese ritmo, que en el cine de Fontán suele ocupar el centro, nace de un trabajo intelectual diario. Lectura. Escritura. Reflexión. El hábito de co-nocer para percibir mejor el mundo, donde mejor significa una sola y única cosa: de la forma más personal posible. De fondo, una intuición: las miradas ajenas pueden alimentar el camino de la propia.
Alli reside el secreto de un libro como La luz sobre las cosas, donde se entre-tejen curiosidad, creación y memoria con la cadencia de lo inevitable, hasta que se forma algo nuevo que casi podemos sentir y tocar. Algo que a veces se expresa como un libro subrayado, otras como un recuerdo de la infan-cia, y otras, por qué no, como un dato sobre un pájaro del sur de otro país. Algo tan simple como la vida de un hombre.




