Mi necesidad era esta: levantar testimonio de un mundo diminuto y en llamas que había servido para darme cobijo en los primeros años de mi vida; volver a dar nombre a quienes lo habían habitado, recuperar su lengua, sus miedos, sus relatos. Y no sólo eso, retroceder años más atrás de todo ello, y acompañado de la figura escasa y encendida de mi abuela, Mellos, la que detestaba la servidumbre de los perros, rescatar los primeros pasos y trifulcas de una familia, la mía, bendecida con el don de la supervivencia, del permanecer aunque para ello tuviesen que morderles los desnudos pies a Dios y a los Doce Apóstoles.





